Superar el dolor emocional: encajar, enraizarse y liberar

El dolor te muestra un pedazo de realidad que aún no has sabido acoger. Es una parte de tu vida, una escena a la que cierras la puerta en las narices porque aún no has aprendido a darle la bienvenida.

Se dice que las reacciones emocionales son las mismas que en el mundo animal: luchar, escapar o esconderse. En inglés le llaman las 3 F’s: fight, flight and freeze.

La especie humana tiene la capacidad de pensar, lo que le sitúa en un lugar privilegiado del reino animal. El problema es que la capacidad de pensar provoca que esas reacciones emocionales se perpetúen, pues puede seguir pensando en aquella situación que le causó dolor. Y lo peor es que, de hecho, lo hace a menudo. La intención es muy positiva: quiere solucionarla, pero la estrategia es poco inteligente: repetir la escena innumerables veces y cada vez caer más hondo en el pozo emocional.

Cuando la reacción animal te causa un dolor, es necesario usar toda tu capacidad humana. Con ella no solo superarás ese sentimiento, sino que lograrás transformar la perspectiva que lo provoca. En este artículo iré desgranando las tres fases: encajar, enraizarse y liberar. Esta secuencia es una alternativa a la reacción emocional habitual, cuando ésta nos lleva al dolor. Veamos un ejemplo de transformación del dolor:

 

El padre de Rebeca murió de cáncer. Ella estuvo con él hasta el final. Pudo ver el sufrimiento de sus últimos días, unos días que le quedaron grabados en la mente. Durante mucho tiempo, ese recuerdo la martirizaba. No podía olvidar la crueldad de la enfermedad y echaba mucho de menos a su padre. Era injusto que se muriera ¡aún les quedaban tantas cosas por vivir!

Poco a poco, Rebeca fue siendo capaz de expresar la pena, de vivirla con mayor serenidad, de sufrirla sin que la destrozara. Era capaz de recordar a su padre con enorme tristeza, pero en un estado de serenidad.

Rebeca fue recuperando las razones para existir: su madre, sus hijos, ella misma,… Se dio cuenta de que su padre desearía que continuara su vida, que fuera feliz. Él le diría que merece la pena marcarse nuevos retos y conseguirlos, que siguiera fiel a sus valores, que hiciera feliz a su familia, … Su padre le diría que disfrutara su vida igual que él disfrutó la suya.

Finalmente, Rebeca descubrió que el recuerdo de su padre moribundo se fue convirtiendo en el del padre que le enseñó todo en la vida, aquel hombre pleno, alegre, … Un recuerdo que le daba seguridad y le permitía comprender la realidad de la vida y la muerte. Una imagen que le permitió dar a su vida aún más sentido, comprendiendo que no es ni debe ser eterna.

 

Los hábitos de pensamiento, los patrones que usamos para interpretar la realidad, nos permiten procesar y acoger los sucesos que nos van ocurriendo. Pero de vez en cuando sucede algo que supera nuestras posibilidades de comprensión, algo que presiona nuestros valores, algo que amenaza lo que de verdad nos importa. Eso duele.

Es posible que ese dolor inunde tu vida en ese momento, es posible que te rapte y haga que olvides todo lo demás. Es un momento en que has dejado de conectar con TODO lo que eres. Has perdido tu poder de integrar los sucesos, pues te has convertido en tu dolor.

Piensa en alguna vez que te ocurrió. Piensa en cómo era el dolor que sentías. Descúbrelo, desnuda eso que te ha descolocado y quítale la coraza. Ahora que lo ves, trata de describirlo. En eso consiste la primera parte del proceso: encajar.

Como en un combate de boxeo, se trata de saber por dónde viene el dolor que te amenaza. Y no quieres saberlo para escapar de él, ni para esconderte, ni para atacar. Esas tres estrategias son las tres reacciones emocionales habituales… Y no han funcionado, por eso el dolor continúa. Es momento de únicamente encajar.

Rebeca lo hizo cuando fue capaz de mirar su dolor, cuando fue capaz de hablar de él, imponiéndose al deseo de solo llorar. Rebeca encajó su dolor cuando se atrevió a encararlo sin sentir culpa por pensar que debía seguir su vida. Pero no era fácil, necesitó del siguiente paso: enraizarse.

Quizá así de repente te cueste un poco afrontar tu dolor. Eso es porque para hacerlo se necesita crear una sensación de serenidad, respirar lento,inspirar profundo, expirar suavemente, así tu pensamiento se va ralentizando… Estás serena/o cuando tu cuerpo relaja todos los grupos musculares: desde los pies, pasando por las piernas, ahora las caderas, el tronco, la espalda, los brazos, el cuello, hasta llegar a la cara, cuya tensión se va diluyendo al sentir los ojos, la boca, la mandíbula, las mejillas, la frente y entonces puedes finalmente relajar el cuero cabelludo parte por parte.

Desde ese estado de serenidad serás capaz de analizar la sensación de dolor. No se trata de rebozarse en las escenas que te lo producen, sino que puedes abandonar la historia que te duele y fijarte en el dolor en sí, en la sensación que te produce. Es curioso cómo, desde un estado de calma, puedes permitirte ser vulnerable, reconocerlo humildemente. Así eres capaz de sostener ese dolor y mirarte con ternura… y con respeto a lo grande que es ese ser que siente un arco iris de sensaciones tan amplio. A esto se le llama enraizarse, conectar con tus raíces.

Mirar cara a cara al dolor que sientes y no a la historia que lo produce te permite ver al ser humano más plenamente sin activar la fuente de ese dolor. Esto es lo que se denomina hacerte consciente de tus emociones, base de la inteligencia emocional.

Cuando curioseas en esa sensación, puedes sentirte como un explorador o un científico… Si guardas la calma y observas con atención, te sentirás como un catador de vinos que trata de identificar todos los sabores. Al centrarte en el dolor como en un objeto de estudio, sientes más espacio en torno a él. No estás invadido por ese dolor. Eres más cosas, sientes más cosas.

Hasta ahora quizá rechazabas ese miedo, esa parte de ti que quería ayudar. Sin duda, sus efectos son negativos, pero su intención no.

Acoger el mensaje de ese dolor es la forma de darle la bienvenida. Eso ayuda a buscar una respuesta distinta desde la calma. Quizá consideres ahora necesario escuchar cómo ve la situación la otra persona, quizá quieras aceptar que las expectativas no eran adecuadas,… El explorar la situación con una mirada serena, enraizándote en tu mejor versión, desde tu centro, acaba permitiendo que brote una opción con la que sentirte congruente, con la que te sientes bien. La nueva visión de la situación permite ver nuevas opciones de forma natural y fluida, más allá de aquel dolor. Se han generado opciones que antes no veías, a eso lo llamamos liberar.

Rebeca fue capaz de liberar una nueva forma de ver la situación desde el nudo que la embargaba: la dura experiencia de la muerte de su padre sirvió para tener una nueva perspectiva sobre la realidad de la vida y la muerte. El recuerdo de su padre se convirtió en movilizador en vez de bloquearla. La solución al dolor va implícita en esa liberación.

Y todo ello comenzó con una sirena de aviso, con una señal clamorosa de alerta ruidosa pero efectiva: la emoción dolorosa.

fases - superar el dolor emocional

Los tres pasos de la sanación emocional: encajar, enraizarse y liberar.

La sesión de coaching apoya este proceso de transformación. Es tan importante cuidar el aspecto técnico como sostener emocionalmente el camino emocional. De lo que se trata es de dar agilidad a esta transformación que hemos descrito, que se puede resumir en tres fases:

  1. Encajar: darte cuenta de que el dolor existe. NO escapar de élni enfadarte contigo por sentirlo.

  2. Enraizarse: serenarte antes de buscar solución, no reaccionar. Buscar tu centro, tu raíz, para adquirir todo tu poder para transformarlo.

  3. Liberar: sin esfuerzo por tu parte, solo conectando con tu serenidad, saldrá algo que muchas veces enterramos con nuestras reacciones superficiales. Obrará el sentido común, la inmensa sabiduría que reina en nuestro inconsciente.

La sabiduría que te dio las mejores ideas no tenía que ver con el esfuerzo de darle vueltas a las cosas y de devanarte los sesos. No tenía que ver con los pensamientos contaminados por el miedo, el ansia, el enfado o la tristeza. El sentido común es una planta muy agradecida que crece libremente cuando estás conectada/o con tus raíces.

 

 

Daniel Álvarez Lamas

Con la ayuda de Alicia López y Melisa González

Este artículo se complementa con “Historias que curan y enseñan” y “Sosteniendo sentimientos difíciles“.

Entradas recientes