El Gen Egoísta

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Clotaire Rapaille y Andrés Roemer se preguntan por qué unas culturas avanzan y otras no en su nuevo ensayo ‘Move up’.

Su respuesta: por su capacidad de aprovechar instintos ‘poco nobles’ como la competitividad, la vanidad y el apetito sexual en favor del desarrollo social.

Por Luis Alemany

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«El trabajo, la familia, el televisor grande que te cagas, la lavadora, el coche, el equipo de ‘compact disc’ y el abrelatas eléctrico, buena salud, colesterol bajo, seguro dental, hipoteca, piso piloto, ropa deportiva, traje de marca, ‘bricolage’, tele-concursos, comida basura, niños, paseos por el parque, jornada de nueve a cinco, jugar bien al golf, lavar el coche, jerseys elegantes, navidades en familia, planes de pensiones, desgravación fiscal… Ir tirando, mirando hacia delante, hasta el día en que la palmes».

Quien haya reconocido las primeras frases de ‘Trainspotting’, se habrá recordado a sí mismo en un cine, en el año noventa y tantos, diciendo ¡nunca seré así! y después habrá caído en que, en parte, ya es así, está ‘al otro lado’. Y qué se le va a hacer. Mejor tener el colesterol, mejor tener trabajo, mejor tener familia y coche. El coche es una esclavitud si se vive en una ciudad, eso es cierto, pero, cuando llegan los críos resuelve un montón de problemas. Lo del ‘compact disc’ sí que da un poco igual ya, ¿verdad?

¿Por qué nos deslizamos hacia modos de vida conservadores? Porque está en nuestro ADN, eso lo podemos entender todos: forma parte del afán del ser humano por alargar su paso sobre la Tierra. El chico y la chica que quieren tener un buen traje y un trabajo bien pagado para gustar a las chicas/los chicos de su edad y así encontrar a su pareja, procrear, después proteger a su camada, hacer lo que se pueda con sus deseos de un coche más grande y con su tedio sin desproteger, en lo posible, a sus cachorros, sin dejar de cumplir con su función biológica… Todo para que el mundo vaya «tirando, mirando hacia delante, hasta el día que la palme». A su manera, funciona.

Nuestro ‘hardware’

Funciona en el plano individual, lo sabemos por experiencia propia. ¿Funciona también en el plano social? ‘Move up’, ensayo del mexicano Andrés Roemer y del francés Clotaire Rapaille (recién editado con el sello Taurus), va a ese meollo: a intentar leer la política, la economía y la cultura en función de la información biológica que llevamos los humanos en el cerebro. El famoso ‘hardware’.

Roemer y Rapaille, llegados desde los estudios culturales y, a la vez, desde el mundo de la empresa, parten de una breve descripción fisiológica: el cerebro humano es, en realidad, tres cerebros: reptiliano, límbico y córtex. Para explicarlo muy groseramente: el sistema límbico se ocupa de la intendencia (automatismos, respuestas fisiológicas, etcétera); el córtex aloja el pensamiento, la abstracción y la decisión; y el cerebro reptiliano dispara nuestros apetitos: placer, calor, reconocimiento, competitividad, emociones, dinero, coches grandes… un poco más de placer, por favor.

¿Qué hacemos con el cerebro reptiliano? ¿Lo detestamos por alojar todo lo innoble y temerario que hay en nuestras vidas? ¿Lo ignoramos? ¿Lo domesticamos? ¿Lo entrenamos con yoga y curas de castidad? Mala idea, explican en ‘Move up’: sin cerebro reptiliano, sin su instinto competitivo y un poco psicópata, el ser humano no hubiera aguantado ni dos tardes en la sabana africana. Lo sensato, en realidad, sería asumir la existencia de ese cerebro, alguna vez explorado por Freud, negociar con él y tomar la decisión más sensata cada vez que haya un conflicto.

En realidad, lo hacemos todos cuando nos permitimos una alegría, una tableta de chocolate, una segunda botella de vino en la cena porque un día es un día y si no, la vida sería un aburrimiento espantoso. Pero, si todo va bien, nos volveremos a la cama antes de perder el control y hacernos daño a nosotros mismos.

A partir de ahí, la hipótesis de ‘Move up’: las sociedades que negocien bien con su cerebro reptiliano, las que saquen lo que hay de bueno en él pero no sucumban al pequeño dictador que lleva dentro, tendrán éxito. En cambio, fracasarán las culturas que se entreguen sin ningún complejo a ese instinto hipercompetitivo y un poco suicida, igual que fracasarán los países que nieguen su existencia y lleven a sus ciudadanos a una vida tediosa y conformista.

Cerebros reptilianos

«Piense en Napoleón Bonaparte… ¿Por qué fracasó Napoleón? El córtex debió decirle: ‘No vayas a por Rusia, ¿qué necesidad tienes? ¿Qué se te ha perdido allí? Tienes la ‘Grande Armée’, 500.000 soldados, habrá que alimentarlos, llevarlos hasta Rusia’. Pero no lo hizo o Napoleón no lo escuchó», explica el francés Clotaire Rapaille. Es comprensible: a Napoleón le había ido muy bien porque tenía más apetito de gloria que nadie, tenía el cerebro reptiliano más grande de su época. Y para allá que se fue, a por los zares y a por el invierno, con desastrosas consecuencias.

Muy bien. Pero el caso de Napoleón sigue estando en el plano individual. ¿Otro ejemplo, por favor? «En Europa tenemos los ‘nanny states’, sistemas que no ayudan a la gente a ser competitiva, a producir cosas que sean elegidas por los consumidores. Eso lleva a sociedades más pobres y más infelices a pesar de su supuesta generosidad», responde Rapaille. «Conozco a científicos franceses que sólo trabajan medio año, hasta junio, porque, si trabajaran más, no les llegaría ningún beneficio, iría todo para el Estado. No tienen incentivo».

«¿Por qué algunas culturas avanzan y otras no?» dice el subtítulo de ‘Move up’, y en seguida viene a la cabeza ‘Colapso’, de Jared Diamond (Debate, 2006), que preguntaba «Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen» en su cubierta. Diamond hablaba allí de los mayas, de los noruegos que se instalaron en Groenlandia, de los antiguos habitantes de la Isla de Pascua, de los modernos ruandeses… Y medía sus fracasos colectivos en función a su relación económica con el medio ambiente y el medio político. Ahora, la pregunta es casi la misma pero la respuesta está en el psicoanálisis, en la capacidad que tienen las sociedades de encontrar su equilibrio entre la depresión y la sobredosis de anfetaminas.

«Hay otro libro de Diamond, ‘Por qué el sexo es divertido’, que tiene mucho que ver con ‘Move up'», explica Andrés Roemer. Su libro deja, entre otras conclusiones, la idea de que cualquier visión de la sociedad que promueva un hombre nuevo, generoso, sereno y asambleario es un poco una bobada.

«En realidad, la biología nos ha hecho competitivos pero también generosos. El gen altruista existe y muchas veces se impone al gen egoísta por el bien del instinto de conservación de la especie», explica Roemer. El problema no es ser muy buenas o muy malas personas, sino «desarrollar culturas que reconozcan los instintos y permitan que sus ciudadanos prosperen. Hay sociedades que no ayudan, no reconocen el mérito, fían al destino las consecuencias de sus actos, no tratan con equidad a los ciudadanos…».

Porque, en cambio, Roemer y Rapaille sí creen que hay culturas mejores y peores, «que hacen más sano y sabio a los individuos o no» y culturas que mejoran. «Claro. Fíjese en el caso del tabaco. Durante décadas, ha habido mensajes explicando lo malo que era para la salud y nadie hacía caso. Cuando la cultura occidental despojó al tabaco de su valor ‘cool’, hemos pasado de 50 a 30 millones de fumadores en Estados Unidos en muy poco tiempo. Ahí hay un cambio cultural indiscutiblemente para mejor».

El lector de ‘Move up’ se sentirá un poco confuso entre las citas cultas de sus autores (Diamond, Steven Pinker, CarlGustav Jung) y los recursos de su narración, propios de los libros de autoayuda. Esas listas, por ejemplo, con los «países más ‘move-up'», los más propicios para que el ciudadano se sienta realizado personalmente. En la cabeza, aparecen Canadá y Austria, dos países moderadamente socialdemócratas y moderadamente liberales. «Los canadienses, cuando les preguntamos, dicen siempre que de eso nada, que su país está en decadencia. De modo que el valor de esas listas es relativo, cada uno debe elegir el país que más le puede dar balanceando los datos. Austria es más ‘move up’ que Italia, pero en Italia hace más calor y probablemente sea más fácil divertirse». España, por cierto, aparece en el primer tercio de la clasificación, entre Chile y Japón.

Los elementos ‘cortexianos’

¿Y China? ¿Qué pasa con el gigantesco cerebro reptiliano de China? ¿Qué posibilidades tienen nuestras ‘austrias’ y nuestros ‘canadás’, con sus remilgos medioambientales y garantistas, de sobrevivir a un país loco por crecer como China? ¿O serán los chinos los que, a medida que enriquezcan, querrán refinarse y ser como Canadá? «Es un asunto interesante. Verá, si no puedes respirar, no puedes ir a la ópera. Pero si respiras, comes y demás, seguramente llegue un momento en el que te apetezca ir a la ópera. China, en este momento, no va a la ópera, sólo tienen interés por producir, producir y producir. Pero, a medida que crezca su economía, aparecerán elementos ‘cortexianos’. De hecho ya está ocurriendo, muy poco a poco. Se podrían estudiar los casos de otras culturas que crecieron hasta tener una posición hegemónica en su mundo y en qué momento empezaron a desarrollar otras inquietudes más sofisticadas», dice Rapaille. Su compañero Roemer se atreve a adivinar un momento: «Cuando China tenga una renta per cápita de 10.000 dólares, ya verán cómo cambian las cosas». De momento van por 6.747 dólares por persona. En cambio, España, después de seis años de crisis, ronda los 29.150 dólares por persona.

China, por cierto, fue y sigue siendo en parte un estado socialista que obligaba a sus ciudadanos a vivir como monjes: ni placer, ni vanidad, ni hijos, ni chocolate, ni amantes. Cualquiera que haya tenido un amigo criado en un país socialista le habrá escuchado hablar de lo aburrido que era aquel mundo. «Estaba esa broma soviética: ‘Nosotros hacemos como que trabajamos y ellos hacen como que nos pagan’. El problema del aburrimiento tiene que ver con la falta de expectativas. Ser un rebelde y no tener contra qué rebelarse. Pasa también en las sociedades muy burocratizadas, en Suecia, donde hay un control hasta del pan que se come en las casas, porque si el pan es malo y el consumidor enferma, es la comunidad la que paga. En Suecia nadie enferma por el pan, vale, pero se mueren de aburrimiento y acaban con una tasa de alcoholismo muy alta», explica Rapaille.

Al final, ‘Move up’ es una reivindicación de las democracias liberales burguesas, tan vapuleadas en los últimos años, un reconocimiento de que su sistema ha permitido que sus ciudadanos sigan sus instintos un poco caníbales sin autodestruirse del todo. Y atención: mejor si son democracias liberales a la inglesa que sistemas racionalistas a la francesa: «El ‘common law’ es mucho más flexible que el derecho napoleónico y eso tiene implicaciones enormes», dice Roemer. «Esa idea de Francia, Libertad, igualdad y fraternidad, en realidad, es un poco una broma. Los franceses, en lo que de verdad creen es en el ‘chacun pour soi’, cada uno para sí mismo», termina el parisino Rapaille.

Fuente: El Mundo
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