Liderando una rebelión

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Las oportunidades de ocupar un puesto de jefatura, actualmente, son muy abundantes; quizás incluso excesivas: hoy, todo el mundo con una tarjeta de visita tiene el suficiente espacio en blanco sobre ella como para xerografiar en Times New Roman a tamaño 8 puntos las ansiadas seis letras de ‘Jefe de’ en un cartel de bolsillo que hace unos años hubiera sugerido una cierta reverencia hacia su portador y que ahora son blandidas hasta por el joven becario con dos semanas de experiencia laboral imprimiendo esas mismas tarjetas.

Demasiados capitanes, pocos remeros… y menos barcos.

A todos los pagarán (o ensobrarán) cada mes por alcanzar unos objetivos comunes, independientemente de si su negociado es visar facturas o empanar merluzas sin espina: ejercer control, planificar y corregir las sagradas tablas de PowerPoint o tocar un par de porcentajes para cuadrar una hoja de cálculo que aguanta estoica cualquier número proyectado de beneficios, sea en millones de euros o de sacos de sal.

Después de todo, eso es lo que se espera, lo que se exige, de todo buen líder.

Por eso es tan difícil hallar uno.

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El liderazgo no se explica, se evidencia. No es aquella fortaleza sobre la que se brama en reuniones de caoba y se tasa al kilo en cátedras universitarias y sesudas investigaciones, sino la que exhibe ese tipo que se quita la chaqueta, se enrolla las mangas y hace lo que es esencial hacer para lograr lo que es imperativo lograr. Sobre todo si exige mancharse de lodo.

Liderar es exhibir la fuerza que no se (sabe que se) tiene cuando le tiemblan las piernas por la duda del siguiente paso y, aún así, crea caminos nuevos para sí y para su gente.

Es el permiso que uno se concede para no solo saberse grande, sino para mostrar esa grandeza ante el público. Es indiferente que los mediocres confundan su osadía con arrogancia, pues no son ellos en quienes el líder genuino se centra: si quieren seguirlo a destino, así sea; si deciden ignorarlo, así se haga. Pero si cometen la insensatez de intentar entorpecerlo en su camino, el líder los arrollará con su determinación.

No hay nadie en su sano juicio que pueda interponerse entre un individuo, cualquier individuo, y su meta cuando hace de esta meta su Misión innegociable en este planeta.

El líder tiene la suficiente audacia como para trazar sus objetivos en el reino que los sacerdotes de la desidia consagran como imposibles, pues tiene la conciencia de que, a fin de cuentas, todo lo que hoy es y existe solo fue creado en el pasado a partir de la profanación del sagrado dogma de Lo Imposible. Mejor vivir en el Infierno de la crítica que en el Limbo de la bendición de los mediocres.

Ningún logro se alcanzó nunca por parte de los que únicamente deambulan en el terreno de lo posible. Comunicarse a través de un satélite al otro lado del Pacífico era imposible. La penicilina era imposible. Iluminar una ciudad con bombillas incandescentes era imposible. Crear un automóvil con una impresora 3D era imposible. La regeneración de tejidos humanos a partir de unas pocas células en una placa de Petri era imposible.

El líder es ese tipo irrazonable que halla, o se inventa, las razones por las que, sin negociación ni acuerdo parcial, consigue lo que se propone o consigue lo que se propone, le lleve un mes o una vida. Para ser razonable siempre habrá tiempo: el que tarde en ser olvidado y no ocupar jamás el panteón de los que sí escriben la Historia.

El líder insensato es el que construye con astucia una red de aliados para la travesía, pues sabe que la individualidad de un tipo con arrojo no es el individualismo desesperado del lobo extraviado de la manada.

Es alguien, el líder que llevamos cada uno dentro, el que se resiste a la tentación de un Plan B subóptimo que le distraiga de lo que realmente quiere y aspira: el trapecista incrementa hasta el 500% su concentración cuando sabe que no hay red debajo; el escalador cuando asciende la roca helada por donde ayer nadie le aseguró un anclaje.

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Existen líderes que realizan un trabajo magnífico, materializando con perfección lo que se espera de ellos.

Pero los líderes excepcionales son los que dejan tras de sí un legado que les pervivirá mucho más allá de su propia vida.

Son los que desbaratan el modelo anacrónico que dogmatizaba que para que hubiera un jefe, debía haber una comparsa de vasallos. Asumir dirigir es asumir que hay un dirigido y, si alguien necesita ser ordenado, deja entonces de ser un hábil tripulante para convertirse en plomo sólido para la embarcación.

Son los que facilitan los recursos de su gente para que continúen viajando con su líder por propia elección, no por ignorancia, desesperación o el miedo a lo no transitado.

Y son los que, cuando sus equipos los superan, tienen la gallardía y la elegancia de quitarse de en medio.

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